sábado 28 de julio de 2007

Sobre el Anecdotario Propuesto por Paty, Parte 1

Ana Luisa y José Gregorio


Desde el almacén (Óleo sobre tela de R. Letelier)


Lo prometido es deuda. Ya sé que me he demorado un poco, pero a veces las obligaciones extrainformáticas pueden mantenernos alejados de las pantallas.


Dedidí, para este anecotario -de ocho partes-, iniciar el relato con lo primero que se me vino a la cabeza. Instantánea apareció una imagen, de aquellos tiempos en que era pequeño e indocumentado, como alguien dijo por ahí.


Cuando tenía cinco o seis años, y también un poco más, viví mucho con mis abuelos maternos. Pasaba horas, sino días completos al lado de estos ancianos que amaba entrañablemente. Ellos tenían una gran casa, que se hacía más gigantesca cuando la exploraba y, supongo que por lo chico que era, las extensiones eran enormes. Para llegar a cualquier parte, sentía que caminaba el equivalente a decenas de metros.


Pues bien, la casona estaba llena de recovecos y de lugares misteriosos. Había una habitación en la que no podía entrar solo (nunca supe por qué) y me fascinaba su puerta, por el único hecho de mantenerse cerrada y con un gran candado resguardando la chapa. Recuerdo que siempre que pasaba por allí, una extraña fuerza me hacía seguir de reojo el umbral inviolable y prohibido.


La mayor parte del tiempo lo gastaba junto a mi abuelo. Él, temprano cada mañana, me llevaba a su taller y me mostraba siempre cosas magníficas. De los restos diminutos de la limadura del metal, por ejemplo, hacía filas de ejércitos enanos que caminaban sobre un papel, azuzados por un imán que se arrastraba por la cara inferior de la hoja. Y jugábamos largamente. También tengo en la memoria, el movimento errático de las gotas de mercurio sobre un vidrio o el constante hervir de los ácidos al hacer contacto con elementos desconocidos y mágicos para mí.


Después de los almuerzos, muchas veces acompañados de mi plato favorito -comicalla según mi abuela-, José Gregorio, mi abuelo, me sentaba en sus rodillas y me mostraba libros. A él le gustaban unos de animales que, para ser franco, personalmente no me importaban. En ocasiones incluso me aburría pues, complementando las imágenes, mi abuelo me daba eternas charlas de los ñues o de las cebras, o de los grandes pajarracos que habitaban las selvas amazónicas. Sin embargo, hubo oportunidades en donde extraía del mueble un hermoso libro plateado, con un bello dibujo del planeta tierra en la portada, y en la contratapa, decenas de banderas multicolores de países cercanos y también de naciones de otros continentes. Ese volumen era mi favorito y realmente gozaba cuando lo abría y me develaba el conocimiento que guardaban las páginas.


Mis abuelos murieron hace muchos años. Varias veces volví a la casa, y en una de mis últimas visitas, comencé a recorrerla de nuevo. Seguía siendo grande, pero ya no tan majestuosa. Cuando pasé por la pieza prohibida, su puerta se encontraba de par en par y entré. Estaba completamente vacía a excepción de unos objetos y cajas arrimadas en una esquina. Sentí mucha tristeza al ver a lo que se redujo el patrimonio de mis abuelos. También rabia -mis familiares habían pasado por allí hacía tiempo, y se habían repartido, como aves de rapiña, los bienes de los ancianos, dejando sólo aquellas cosas, muebles y baratijas que no les interesaban o que no podían vender-. Me acerqué al rincón y, al abrir una de las cajas de cartón, en la parte más alta se encontraba el libro con el que soñé tanto cuando era niño. Ya lo había olvidado, pero al verlo, miles de recuerdos y añoranzas volvieron renovados y me llené de satisfacción y amor por mis ancestros. Lo levanté y le dije a mi abuelo: gracias, era todo lo material que quería de tí.


De ellos conservo cuatro cosas, aparte de mis afectos y permanentes pensamientos: el libro, un par de gatos de porcelana (que también miraba mucho cuando era pequeño), un juego de compases que perteneció a mi bisabuelo y luego a mi abuelo, y un soplete a petróleo que usaba José Gregorio para tratar sus fierros. Ya roídas las hojas, ese texto domina mi escritorio, y cuando los extraño, leo por centésima vez las amarillentas páginas y acaricio las gastadas banderas.


domingo 24 de junio de 2007

Murió Eloísa Armella

Eloísa junto a sus hijas (Fotogafía de G. Sánchez)



En la madrugada de hoy, se nos fue Eloísa. Sin causa aparente, se desvaneció en su casa; no despertó más.

Eloisa fue la esposa de Domingo Mamani, asesinado por la dictadura militar el 19 de octubre de 1973.

Domingo, como muchos de sus compañeros, fue perseguido, torturado y brutalmente martirizado antes de que se le ejecutara. Su cuerpo fue enterrado en la fosa clandestina donde hoy se erige el Parque para la Preservación de la Memoria Histórica, en Calama. Sin embargo, fue retirado del lugar por efectivos del ejército y hecho desaparecer. Sólo un botón del chaleco que llevaba al instante de fallecer fue hallado entre los escasos restos que dejaron los homicidas.

Mamani era Presidente del sindicato de trabajadores de la empresa de explosivos Enaex (Dupont, en ese entonces), y dejó con su muerte a Eloísa y a sus cuatro hijos.

Después de la desaparición de su marido, Eloísa fue enjuiciada y despreciada por la comunidad. Sin trabajo, sin alimento para sus niños, se le veía barriendo las calles de Calama. Como muchas familias chilenas, los Mamani Armella debieron lidiar contra el dolor, pero también contra el oprobio instituído por la tiranía de Pinochet. Jamás fueron justamente tratados ni compensados por la muerte de su padre y esposo.

Eloísa fue una de las primeras en unirse a las Mujeres de Calama y a la AFEDDEP. Luchó incansablemente por lograr encontrar el cuerpo de Domingo Mamani y el paradero de los ejecutados y detenidos desaparecidos de Calama. A pesar de su abandono, siempre acudió a las excavaciones en el desierto, nunca faltó a los homenajes y vigilias.

Ya Eloísa se ha reencontrado con Domingo. Por fin, tras 34 años de esperar, en algún sitio del universo, se abrazan y retoman lo que cobardemente les fue arrebatado por los sicarios de las valientes fuerzas armadas chilenas.

Me duele que aún los fratricidas trafiquen impunes.

jueves 19 de abril de 2007

Palimpsesto y un Hombre a Contraluz, Segunda Parte

Patricio Manns y Alejandro Lavquén en la Feria del Libro de Calama

El Manns y el Lete


El Corazón a Contraluz es un libro de Patricio Manns que salió a la venta en los noventas. Desconozco el año de la primera publicación pero supongo que debe ser de esa misma década. En mi caso, lo leí recién en 1998 pues, para variar, no pude encontrarlo en ninguna librería de Santiago. Cuando por fin lo hallé, recuerdo que no llevaba dinero conmigo y una amiga me prestó varios miles de pesos para adquirirlo. De partida, me fascinó y lo devoré en dos días. El personaje que me conmovió e imaginé plenamente mientras repasaba el libro fue Drimys Winteri, la albina Selk'nam que cautivó el corazón y esclavizó la mente de Julius Popper. También la mágica descripción de la patagonia, el rotundo asedio contra los indígenas del sur de Argentina y Chile, la esclavización y la muerte que trascendió la historia de los Yámanas, Alacalufes y Tehuelches, todos pueblos originarios de nuestra tierra, de grandiosa cultura y tradición, hoy casi desaparecida.

Luego de leerlo, pensaba en dónde había visto ese título antes. Tras mucho buscar, me encontré con un tema del mismo nombre que el libro, compuesto por Horacio Salinas. No me demoré mucho en hacer la conexión cuando tenía novela y música en la mano.

Para el aniversario de una universidad sureña, donde yo hacía clases, invitaron a Inti Illimani a tocar en una actividad de celebración. No fueron solos. El concierto incluía a una orquesta sinfónica y coro. Entre las melodías, El Corazón a Contraluz" sonó magnífico.

Patricio Manns es un hombre a contraluz, tal y como aparece en la entrada de su página web. Y en cierta medida, lo siento muy similar a Drimys Winteri. Externamente es una persona dura, de aspecto huraño y silenciosa. Internamente es un ser compasivo, lleno de calor, respeto y cariño. Una vez se lo dije y sólo se remitió a hablar sobre el personaje, pero no sobre él. En fin, el Manns -estoy convencido- aparte de dejar en cada uno de sus personajes trozos de sí mismo, de su propia historia, de su carácter, es un hombre que, como en contraluz, deja ver su estela luminosa en frente sin mostrar su verdadera esencia. Detrás de su brillo, su bondad y su reflexión, su aplomo e inteligencia recién se descubren. Y como en la orquestación de Salinas, Manns está repleto de contrapuntos, de variados ritmos, de "instrumentos" que vibran y tocan independientes para, en conjunto, producir una melodía avasalladora y hermosa.

Ya dije en otra ocasión que considero al Manns como uno de los mejores escritores del Chile de todos los tiempos. Eso es incuestionable. El problema subyace en que para comprenderlo un poco desde sus libros, tendría que pasarme la vida leyéndolo y él pasando varias vidas escribiendo. Palimpsesto y hombre a contraluz, el genio de Manns se oculta y aparece transformado en letras y sonidos del arquetipo de nuestra latinoamerica.

martes 17 de abril de 2007

Palimpsesto y un Hombre a Contraluz, Primera Parte

Alejandra Lastra, Patricio Manns y Rodrigo Letelier en el Memorial de los Ejecutados y Detenidos Desaparecidos en Calama

Patricio Manns en el Memorial


A fines de los ochentas, embebido de crítica -positiva y negativa, por supuesto- de pasillos, de concensos y descontentos en una universidad santiaguina, existía un profesor adorado por gran parte de la comunidad de estudiantes. Científico de tomo y lomo, había dejado atrás la física para derivar en la filosofía, la epistemología y las técnicas cualitativas. Poseedor de una inteligencia por sobre la media y sabedor de ello, tenía una gran capacidad de oratoria y una memoria sobrenatural. De hecho, tal y como lo comprobamos varios de nosotros tiempo más tarde, cada clase que dictaba se la sabía al revés y al derecho, usaba exactamente las mismas palabras; e incluso los gestos, chistes y posturas eran iguales en un semestre y en otro. Fuera de ello, loable sin lugar a dudas pues debe haber ocupado cientos, sino miles de horas en memorizar absolutamente todo, era muy histriónico, teatral, provocador y exagerado. Ello le permitía moverse en la sala de clases como un verdadero actor, acaparando la atención de los oyentes de una forma que nunca antes había visto. Además, jugaba con simbolismos típicos de movimientos ocultos o sectas secretas -vestía siempre de un riguroso negro que decía, sólo reemplazaría cuando llegara la democracia; ocultaba los exámenes durante los controles, poniendo una rosa sobre ellos, etc. De baja estatura y más bien regordete, con una calvicie a punto de apoderarse por completo de su cabeza, gracias a su verborrea y control sobre los alumnos primerizos, mantenía una popularidad inusitada entre las mujeres. Ni blanco ni negro, con rasgos físicos más bien comunes, lograba que a sus discursos asistiera, fuera de los estudiantes de turno, una masa impresionante de personas. Debo reconocer que yo también, en cierta medida, lo admiraba.

Llegó una clase en donde, desde el punto de vista del estudio del conocimiento, haría una comparación entre Quevedo y algún autor de renombre nacional. Eligió el siguiente poema para ello:


Palimpsesto, Patricio Manns (Fragmento)

Huelga deciros que yo os quiero más
en la profunda pulpa de antesueño,
cuando el glaciar se reconvierte al sol
y se nos va la esperma en el empeño
y se nos cuaja el ceño de cenizas
ávidas de hendir el cavilar del leño.
Huelga deciros, Libertad Osuna,
que os sueño arando en hierro y sabio azote,
volviendo a errar y a herrar sin miramientos
sobre un caballo y sobre un brioso brote,
que es una forma de entender amar
y otra jornada que vencéis al trote
con ansia de echar
la tierra a mugir,
la luz a rodar.

El profesor, echando a mano todo su dramatismo, comentaba que cuando Patricio Manns escribió el texto, pensaba en Francisco de Quevedo pues, fuera de la métrica, el escritor español era oriundo de Osuna, localidad del sur de España. Recuerdo que hizo un análisis del texto de Manns, línea por línea (por ejemplo, "cenizas ávidas de hendir el cavilar del leño" eran los restos del fuego que intentaban hacer pensar y despertar al escritor sumido en "la pulpa de antesueño"). Por otra parte, nos hablaba sobre la astucia del autor del poema al ocultar, como en un verdadero palimpsesto, sus ideas al instante de escribirlo, de forma tal que fuera el propio lector quien descubriera la esencia de las frases. En fin, gastó dos clases y una prueba en enseñarnos parte del simbolismo mannsiánico y de su intrincada escritura.

En aquellos años, al igual que ahora, me gustaba mucho Patricio Manns. Más que su música, lo que más me atraía de él era su escritura, era la sutil forma de acomodar las letras que, en ocasiones, hacía que comprender un párrafo en su verdadera magnitud y sentido fuese una real hazaña. Por si fuera poco, costaba un mundo encontrar sus libros, así que, en muchos casos, debí conformarme con oír palabras en aquellas canciones de Inti Illimani o suyas. Poseía, al menos, un par de casettes y un rayado disco llamado La Araucana.

Con las vueltas de la vida, casi de modo fortuito, conocí a Patricio Manns. Hoy, somos grandes amigos -yo diría que es mi amigo más querido y cercano- y aunque por motivos de distancia no nos vemos mucho, cada vez que lo hacemos, lo compartimos al máximo junto a Alejandra, su mujer. Sea con una copa de vino, o más de una, a veces sólo me basta con estar a su lado y poder compartir las experiencias que hemos tenido desde la última reunión.

Patricio Manns, desde mi personal punto de vista, es uno de los cinco mejores escritores que ha tenido Chile. Ha explorado la dramaturgia, la poesía, la narrativa y ha convertido a cada una de sus obras en un objeto precioso. También es un músico gigantesco. Sus canciones, cientos de canciones llenan los oídos de miles sin que sepan que el autor es él. En Europa es más reconocido que aquí, lamentablemente. Estoy seguro que llegará el día en que sea premiado con todos los honores que se merece.

Pues bien, para terminar el tema del profesor epistemólogo, una noche conversaba con el Manns de algunos de sus escritos, y se me vino a la cabeza el palimpsesto. Le conté sobre lo que se había dicho del texto en la universidad y de las comparaciones del maestro respecto de él y Quevedo. Así mismo le comenté sobre la gran amistad que el profesor tenía con él. Me quedó mirando con cara de extrañeza y me respondió: Nada, sólo escribí lo que se me ocurrió porque me estaba durmiendo frente a una chimenea. En todo caso, el palimpsesto es lo que es...palabras ocultas dentro de otras, así que se puede interpretar lo que sea. Al tipo, por otra parte, ni lo conozco.

Dicho esto, levantamos la copa riéndonos y brindamos.

P.D.: Encima de todo, Quevedo era de Madrid.

lunes 16 de abril de 2007

Zurita y el Arrebato de la Poesía

Zurita y el Lete en una de las vueltas

Era mucho más pequeño que ahora. Recién casado, hace ya tanto tiempo, con Mónica, la madre de dos de mis hijos y una de las más grandes mujeres que he conocido, yo ponía en alto cada vez que podía, la poesía de lectura más rápida y que con frecuencia ovacionamos y se eterniza. En aquel entonces, mis escuálidos dineros me alcanzaban para acceder al libro de San Diego y a aquellos textos universalmente aclamados, de colegio, de enseñanza carácterística de Chile, primaria y primitiva. Algunas veces, eso sí, recorriendo las librerías de las oscuras galerías de Santiago, me encontraba con uno que otro gastado ejemplar que alguien había eliminado de sus estantes, o que de tanto recorrer manos, había llegado a las de un estudiante hambriento que decidió venderlo por 500 pesos. Uno de estos manuscritos fue El Amor de Chile, de Raúl Zurita. Extrañamente estaba casi nuevo, a dos años de ser editado y encuadernado en cuero -supongo que su primer dueño lo atesoró como quienes atesoran sus autos o televisores de plasma.

Me impresionó profundamente esta nueva forma -para mí- de hacer poesía. Siempre me había conformado con los poetas chilenos de siempre, con Neruda a la cabeza. Siempre había permanecido junto a los caciques de la escritura sin intentar explorar, ni siquiera un poco, la exquisita diversidad poética chilena (aún no termino, evidentemente).

Cuando llegué a mi casa, me acomodé junto a mi gato y le dí play al único casette de blues que tenía. Me encontré con esto:


Queridos, amados desiertos

Quién podría la enorme dignidad del desierto
de Atacama como un pájaro se eleva sobre
los cielos apenas empujado por el viento
Por el amor llegamos, por el amor subimos,
por el amor se nos volaron los pastos que nos
cubrían, repite entonces el desierto de
Atacama, inmenso, tendido frente a los Andes,
mirándolo
Es que los ríos entraron sobre el cielo y nos
dejaron huecos, vacíos, quemándonos como
el sueño ante el alba
Es que el amor nos quemó el sueño y somos los
arenales, somos ustedes, somos las líneas
de Zurita, nos contestan los desiertos de
Chile, infinitos, mudos de amor, llamándonos


Por esas casualidades -no sé si llamarlas casualidades porque hay tiempos en los que nos encontramos con situaciones o cosas coincidentes que antes nunca eran parte de nuestro vivir cotidiano- conocí a una estadounidense que estaba haciendo su tesis de doctorado en literatura latinoamericana. Nos hicimos muy cercanos, de esos pares de seres que comienzan a compartir mucho más que la conversación o las tardes de lluvia. Y así, de repente, comencé a ayudarle. Estaba feliz porque, fuera de mis estudios de sociología de aquel entonces, me sumergí en campos que nunca antes había visitado. Como cuando se tiene un juguete nuevo, me dediqué horas y horas a "jugar" a que leía y a que descubría formas de hacer literatura insospechadas.

La gringa llegó un día a mi casa decepcionada. Tenía que entrevistar a Zurita a como diera lugar, y lo había intentado muchas veces sin conseguirlo. Se me ocurrió entonces ir a la casa del escritor sin invitación ni aviso. Era el último intento posible, pues a Mariana se le acababa el tiempo de estadía en Chile. Fuimos, simplemente fuimos.

Zurita nos atendió, tomamos varias tazas de té, conversamos y hasta logramos sacarlo de su rol primordial, casi académico, para acceder entonces al hombre. La gringa estaba feliz. También yo.

Meses después, me encontré con otro libro de Raúl Zurita, Canto a su Amor Desaparecido, editado en 1985, en plena dictadura. Allí, de alguna forma, me terminé de arrebatar con la poesía de este gran escritor chileno. Sufrí con el libro, sufrí con los "nichos" latinoamericanos y africanos.

Sé que no tiene nada de romántico, pero después de separarme de Mónica, siempre que conseguía pareja, le regalaba un ejemplar de este libro. No regalé muchos, en todo caso.

He tenido suerte con Zurita. Lo he encontrado, no se si por casualidad, en varios sitios, en varias vueltas de mi vida. Y el arrebato de su poesía se me incrusta, otra vez, y se me aprieta de nuevo el pecho.


Lloré así y canté. Aullando los pe-
rros perseguían a los muchachos y
los guardias sitiaban.
Lloré y más fuerte mientras los
cuerpos caían. Blanco y negro lloré
el canto, el canto de su amor desapa-
recido.
Todo el desespero lloré. El
pasto sube hasta las nicherías.
Los muchachos paisa le dije
ten, ten mi pena y se apaga.

Canto a su Amor Desaparecido, pág. 11.


Aquí dejo unos enlaces de los libros mencionados.


http://www.memoriachilena.cl/mchilena01/temas/documento_detalle.asp?id=MC0011218

sábado 14 de abril de 2007

A Propósito de las Mujeres de Calama y de un Monumento a los Asesinados por la Dictadura Militar en el Norte de Chile, Última Parte

Inauguración del Memorial

Afiche sobre exhibición del documental Dance of Hope, de Deborah Schaffer


Portada del libro de Paula Allen, Flores en el Desierto


Cuando era un niño, nunca me percaté de los esforzados y largos recorridos de las Mujeres de Calama. Como estudié mi enseñanza media en esta ciudad -en un colegio de curas que no era de curas, (sacando del lote a Renato Riquelme) pues sólo tenía el nombre de un obispo semifascista que poco hizo por la religión y mucho por la política de derecha de mediados del siglo XX- casi siempre estaba al tanto de lo que se hacía y lo que producía noticia. Sin embargo, nunca oí de las marchas al desierto, de las excavaciones y persecuciones. Mi madre, con mucha inteligencia y aplomo, se encargó de mantenerme fuera del alcance de estos avatares. Constantemente veía que la Vicky -como le dicen cariñosamente a mi mamá- aparecía en las tardes llena de polvo y siempre me comentaba que había participado en tal o cual cosa, pero sin siquiera mencionar a José Gregorio o a cualquiera que tuviese que ver con las desapariciones y asesinatos.

Ya adolescente, y entrando a la universidad, recién me enteré de lo que había ocurrido en 1973. Fue entonces cuando pude valorar, en toda su magnitud, la labor de las Mujeres de Calama. Ello, sin duda, ha sido transversal en mi vida.

Las Mujeres de Calama se conviertieron, durante la dictadura y en "democracia", en un símbolo de la ciudad. También de los derechos humanos a un nivel mucho más amplio. Tanto trascendió su pelea, que pronto comenzaron a hacer reportajes sobre ellas, documentales, películas. Fuera de los ya conocidos Contacto de canal 13 e Informe Especial de Televisión Nacional, fueron muchos los medios que se hicieron parte de la causa de las Mujeres de Calama. La televisión española, TVE, la Deutsche Welle y otros más filmaron sendos programas para ser transmitidos en sus respectivos países. Sólo en Chile se hicieron al menos diez documentales -recuerdo en este momento a La Caravana de la Muerte, Violeta en el Desierto y Huellas de Sal. Sin embargo, fueron dos filmaciones extranjeras las que ampliaron las fronteras de los sucesos del '73. Women of Calama, de una compañía alemana y Dance of Hope (La Danza de la esperanza) de la cineasta norteamericana Deborah Schaffer. Este último documento fílmico, con música de Sting (They Dance Alone - Ellas Danzan Solas), ganó el Oscar en 1989 como mejor producción en la género documental.

Una de las personas que vio en Europa lo ocurrido en Calama fue el cantante español Víctor Manuel. Junto con su esposa Ana Belén, crearon la canción Mujer de Calama, que en definitiva se ha convertido en el himno de la Afeddep. Cuando Michelle Bachelet asumió el mando, Víctor Manuel cantó esta única canción en el acto central en Santiago.

Existen muchos más "monumentos" dedicados a las Mujeres de Calama y a sus hombres desaparecidos. Premios, libros -entre los que se destacan Flowers in the Desert de Paula Allen y La Caravana de la Muerte de Gervasio Sánchez- reportajes escritos, videos, placas conmemorativas -en la Central Unitaria de Trabajadores y en el edificio matriz de Codelco en Santiago, por ejemplo- y un sin número de expresiones que reconocen el valor de estas madres, esposas e hijas calameñas y de sus hombres caídos.

En el encabezado, algunas fotografías.

A Propósito de las Mujeres de Calama y de un Monumento a los Asesinados por la Dictadura Militar en el Norte de Chile, 5ª Parte

Victoria Saavedra recibiendo el premio Mazorca de Oro, galardón que se otorga una vez al año en Calama al ciudadano más connotado.

Lanzamiento del libro Mi Hermano, Mi Historia, Su Búsqueda Inconclusa.


Portada del libro


El 2003, mi madre logró terminar un libro sobre las Mujeres de Calama y su experiencia durante 30 años de sufrimiento, congoja y búsqueda. En ese entonces, ella presidía una organización llamada Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos y Detenidos Desaparecidos de Calama, y que aglutinaba a aquellas mujeres y familias que habían entregado tres décadas en encontrar verdad y justicia. Su texto, Mi Hermano, Mi Historia, Su Búsqueda Inconclusa, estaba a punto de ser impreso y debía ser presentado el 19 de octubre, de modo que coincidiera su lanzamiento con tan importante fecha.


Recuerdo que conversé con mi gran amigo Patricio Manns, para que le dedicara, a modo de prólogo, unas palabras a Victoria y a su escrito. La respuesta fue inmediata y rotunda: Sí, y quiero estar en Calama para las actividades de conmemoración.


Era más que lo esperado. Le envié parte del texto a Patricio y en unos días obtuvimos las palabras que se grabarían en el libro. También las de mi otro amigo y escritor español Eduardo Jordá. En fin, todo ya estaba dispuesto y pusimos manos a la obra para terminar la edición y el papeleo en los registros de propiedad intelectual. El 17 de octubre, los primeros 500 ejemplares estaban en Calama. Y el mismo 19, llegó Patricio Manns, para acompañar a Victoria Saavedra en la ceremonia de lanzamiento y en las distintas actividades de homenaje a los ejecutados de 1973.


Fui a buscar al Manns al hotel donde se hospedaba. Nos regalamos un fuerte abrazo y una copa de vino junto a su inseparable y amada compañera, Alejandra Lastra. Después de conversar unos momentos, de recordar y de hacer patente que, hacía muchos años que Patricio no venía a Calama, nos trasladamos a la galería de arte donde estaba todo listo para el lanzamiento del libro.


Pienso en mi madre en estos instantes. Aún tengo grabada en mi mente la gran emoción que se instaló en el recinto. Las palabras de ella, profundas y sentidas, las lágrimas de mi padre al oírlas, el respeto de los invitados hacia cada silencio, hacia cada oración que se adueñaba del espacio. Pronto, las cálidas muestras de aprecio por el trabajo logrado y el agradecimiento por el empeño en revelar parte de la historia de Calama que muchos quisieron ocultar.


El libro fue un éxito. Hoy se encuentra en manos de cientos europeos, latinoamericanos, pero por sobre todo, en manos de muchos chilenos. Ha sido presentado en universidades y congresos, ha sido motivo de galardones y entrevistas, ha sido otro monumento que preservará el trágico fin de las víctimas de los cerdos militares de Pinochet.