Desde el almacén (Óleo sobre tela de R. Letelier)
Lo prometido es deuda. Ya sé que me he demorado un poco, pero a veces las obligaciones extrainformáticas pueden mantenernos alejados de las pantallas.
Dedidí, para este anecotario -de ocho partes-, iniciar el relato con lo primero que se me vino a la cabeza. Instantánea apareció una imagen, de aquellos tiempos en que era pequeño e indocumentado, como alguien dijo por ahí.
Cuando tenía cinco o seis años, y también un poco más, viví mucho con mis abuelos maternos. Pasaba horas, sino días completos al lado de estos ancianos que amaba entrañablemente. Ellos tenían una gran casa, que se hacía más gigantesca cuando la exploraba y, supongo que por lo chico que era, las extensiones eran enormes. Para llegar a cualquier parte, sentía que caminaba el equivalente a decenas de metros.
Pues bien, la casona estaba llena de recovecos y de lugares misteriosos. Había una habitación en la que no podía entrar solo (nunca supe por qué) y me fascinaba su puerta, por el único hecho de mantenerse cerrada y con un gran candado resguardando la chapa. Recuerdo que siempre que pasaba por allí, una extraña fuerza me hacía seguir de reojo el umbral inviolable y prohibido.
La mayor parte del tiempo lo gastaba junto a mi abuelo. Él, temprano cada mañana, me llevaba a su taller y me mostraba siempre cosas magníficas. De los restos diminutos de la limadura del metal, por ejemplo, hacía filas de ejércitos enanos que caminaban sobre un papel, azuzados por un imán que se arrastraba por la cara inferior de la hoja. Y jugábamos largamente. También tengo en la memoria, el movimento errático de las gotas de mercurio sobre un vidrio o el constante hervir de los ácidos al hacer contacto con elementos desconocidos y mágicos para mí.
Después de los almuerzos, muchas veces acompañados de mi plato favorito -comicalla según mi abuela-, José Gregorio, mi abuelo, me sentaba en sus rodillas y me mostraba libros. A él le gustaban unos de animales que, para ser franco, personalmente no me importaban. En ocasiones incluso me aburría pues, complementando las imágenes, mi abuelo me daba eternas charlas de los ñues o de las cebras, o de los grandes pajarracos que habitaban las selvas amazónicas. Sin embargo, hubo oportunidades en donde extraía del mueble un hermoso libro plateado, con un bello dibujo del planeta tierra en la portada, y en la contratapa, decenas de banderas multicolores de países cercanos y también de naciones de otros continentes. Ese volumen era mi favorito y realmente gozaba cuando lo abría y me develaba el conocimiento que guardaban las páginas.
Mis abuelos murieron hace muchos años. Varias veces volví a la casa, y en una de mis últimas visitas, comencé a recorrerla de nuevo. Seguía siendo grande, pero ya no tan majestuosa. Cuando pasé por la pieza prohibida, su puerta se encontraba de par en par y entré. Estaba completamente vacía a excepción de unos objetos y cajas arrimadas en una esquina. Sentí mucha tristeza al ver a lo que se redujo el patrimonio de mis abuelos. También rabia -mis familiares habían pasado por allí hacía tiempo, y se habían repartido, como aves de rapiña, los bienes de los ancianos, dejando sólo aquellas cosas, muebles y baratijas que no les interesaban o que no podían vender-. Me acerqué al rincón y, al abrir una de las cajas de cartón, en la parte más alta se encontraba el libro con el que soñé tanto cuando era niño. Ya lo había olvidado, pero al verlo, miles de recuerdos y añoranzas volvieron renovados y me llené de satisfacción y amor por mis ancestros. Lo levanté y le dije a mi abuelo: gracias, era todo lo material que quería de tí.
De ellos conservo cuatro cosas, aparte de mis afectos y permanentes pensamientos: el libro, un par de gatos de porcelana (que también miraba mucho cuando era pequeño), un juego de compases que perteneció a mi bisabuelo y luego a mi abuelo, y un soplete a petróleo que usaba José Gregorio para tratar sus fierros. Ya roídas las hojas, ese texto domina mi escritorio, y cuando los extraño, leo por centésima vez las amarillentas páginas y acaricio las gastadas banderas.








